NADIE duda que tanto en la familia como en la sociedad se haya producido un cambio en el cometido o
papel de la mujer. El hecho no es reciente y se encuentra descrito de diversas formas en la litera­tura del siglo XX. Ortega y Gasset advertía ya en 1927 que «una míni­ma diferencia en el modo se sentir la vida de la mujer preferida por los hombres de hoy, multiplicada por la constancia de su influjo y por el crecido número de hogares donde se repite, da como resulta­do una enorme modificación histórica a treinta años vista». Lo cual es muy cierto y visto desde el presente nos permite hacer algunas con­sideraciones sobre la mujer española actual.
Es evidente que en todos los países avanzados se ha multiplicado el número de las mujeres que trabajan fuera del hogar.
Sin duda la proporción de nuestras mujeres en la población eco­nómicamente activa es todavía modesta, porque las de casi todos los países de la Comunidad Económica Europea son más elevadas, pero la tendencia es inequívoca: desde una situación familiar en la que el ganador del pan era el hombre, que ejercía una ocupación o desempeñaba una profesión, se camina hacia otra igualitaria en la que la mujer comparte con el hombre esta función.



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Frente a lo que suele creerse, la noción de que el marido es histó­ ricamente el soporte económico exclusivo de la familia no se com­padece con la realidad. Ha sido así desde la Revolución Industrial, pero el tiempo transcurrido desde que ésta comenzó solamente abarca una parte mínima de la historia humana. Con ella el lugar de traba­jo se separó de la residencia familiar y la agricultura dejó de ser el sector económico predominante. La economía, que se ha referido a los hogares , a partir de la Revolución Industrial pasó a concentrarse en el mercado, según nadie ignora.

En todas las épocas ha existido la que se llama genéricamente división sexual del trabajo, pero nunca hasta el industrialismo con­sistió ésta en que la mujer se ocupara nada más que de las tareas domésticas y de la crianza de los hijos y que el hombre se dedicara a obtener fuera de la casa los medios económicos para mantener a la familia, de acuerdo con el modelo de la burguesía urbana. De es­te modo, el trabajo del hombre se segregó del hogar y se integró con el de quienes como él lo vendían a los empresarios capitalistas. Su papel creció en importancia hacia fuera porque él vinculaba a la familia con la so­ciedad, pero se redujo hacia dentro. Y también, naturalmente, cam­bió el papel de la mujer, que se vio confinada dentro de las paredes de un estrecho domicilio.

Semejante transformación de los roles de maridos y mujeres se vio incluso reforzada por la legislación, al asumir ésta como normal la situación que se ha descrito. La protección a los parados comen­zó por los hombres, y éstos recibían prestaciones por estar obliga­dos a mantener a una esposa y a unos hijos que no actuaban en el mercado de trabajo. El mismo autor señala que este sistema llegó a ser considerado natural precisamente porque reforzaba dos carac­terísticas preexistentes: la primacía del varón y la pasión de la mujer por los hijos. Pero las cosas han cambiado durante nuestro siglo en muchos sitios y están a punto de hacerlo en otros.

A lo largo del tiempo cambian no sólo la oferta laboral que la economía extiende a las mujeres, sino también la preparación de és­tas y las actitudes de los hombres ante su participación en la activi­dad económica remunerada.
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En nuestra sociedad se ha abierto paso la idea de que no solamente es aceptable que la mujer casada trabaje, sino también que lo haga con intensi­dad y dedicación semejantes a las del hombre. Las reservas que algunos sectores mantenían respecto al trabajo de la mujer casada está desa­pareciendo y va extendiéndose la opinión de que las mujeres deben trabajar cualquiera que sea su situación familiar.

El alargamiento de la vida media de los seres humanos, que se­guramente es el hecho social más importante del siglo XX, ha teni­do poderosas consecuencias en el seno de la vida familiar, como lo demuestran los estudios sobre su ciclo vital. Así, los matrimonios españoles, que a principios de siglo duraban alrededor de 28 años, duran hoy en torno a los cincuenta.

Por breve que haya sido la etapa de roles distintos, no es posible negar que las reglas se fueron clarificando con el tiempo y que tanto el marido como la mujer pudieron llegar a conocer bastante bien lo que cabía esperar de su matrimonio para toda la vida. Lo cual no sucede ahora, cuando el igualitarismo trata de abrirse paso con el apoyo esforzado de grupos feministas y de otras clases, siendo especialmente problemática la prescripción de que el marido com­parta con la mujer las tareas del hogar, porque hasta aquí lo común ha venido siendo que ésta añada a su jornada laboral extradomésti-ca una segunda dentro del hogar, con objeto de seguir cuidando de los hijos y del marido como antaño.

Por otro lado, la igualdad en el hogar y en el trabajo son difíciles de alcanzar simultáneamente, y ello da pie a la proposi­ción de que el que más responsabilidad tiene fuera la ha de tener también dentro y viceversa. Aparte se cuentan los obstáculos bioló­gicos que impiden la igualación plena entre los sexos, que es la prin­cipal razón por la que la mayoría de las mujeres se inclina ahora por demandar servicios y prestaciones que le hagan posible la compatibilización de su papel de madre y esposa con el de profesional o simplemente trabajadora.
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Pero el igualitarismo tiene además otros puntos flacos. Con el marido y la mujer en el mercado de trabajo, separada y no conjun­tamente como en la sociedad tradicional, uno y otra comparten na­da más un ámbito de convivencia de los tres en que actúan, y el riesgo de divorcio aumenta. Con lo cual la estabilidad de la vida familiar se torna aún mucho más precaria y el deseo y la realidad de tener hijos se resiente.

En resumen, el papel de la mujer en una familia ha cambiado increíblemente, desde la participación en el mundo laboral, hasta el apoyo del marido en la casa, la responsabilización de éste de sus hijos, etc.




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